sábado, 8 de agosto de 2009

Evangelio XIX Domingo del Tiempo Ordinario


Evangelio: Jn 6,41-51

En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y decían: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿A caso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús les respondió: “No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ese Yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán Discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de Él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ése sí ha visto al Padre. ”Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.
Petición:Espíritu Santo, enséñame a adorar, alabar, bendecir y dar gracias a Jesús en el tabernáculo, en todo momento, en medio de las labores y en la realidad cotidiana de la vida. Que la devoción a la Eucaristía, forme parte de toda mi vida.
Meditación:Jesús es la vida y siempre está con nosotros. Esto se realiza sobre todo en la Eucaristía. En cada celebración eucarística experimentamos la presencia viva del Señor. En este Sacramento del Amor está la verdadera vida. La experiencia nos demuestra que los bienes materiales no son suficientes para darnos la auténtica felicidad. El alimento que nos llena sólo puede ser Dios. La vida que anhelamos no es sólo un ideal o un sentimiento, sino que es una persona viva: es Jesucristo. El Señor nos llama a recibirle con frecuencia en el sacramento de la Eucaristía, para responder a esta invitación, hemos de prepararnos, a fin de llegar a este momento tan grande, en el que Cristo se hace nuestro huésped, con la atención debida. Así como el alimento corporal sirve para vigorizarnos, del mismo modo la Eucaristía fortalece la caridad. Recibiendo la comunión, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de vivir con el mismo amor que le impulsó a salvarnos. Comulgar estrecha los lazos entre Cristo y nosotros, comulgar nos compromete a vivir la caridad.

Propósito:Dedicar un momento a prepararme con fervor antes de recibir a Cristo Eucaristía.