viernes, 5 de diciembre de 2008

Evangelio del II domingo de Adviento

Evangelio: Mc 1,1-8
Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán. Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo lo he bautizado a ustedes con agua, pero Él los bautizará con el Espíritu Santo.
Oración introductoria:

Jesús, te agradezco tu amor constante. Tu presencia, tu comprensión, tu perdón y tu paz. Quiero responder a tu amor fiel con toda generosidad. Me doy cuenta que tengo poco que ofrecerte pero con gusto te lo doy.
Petición:

Señor, me doy cuenta de que tengo una necesidad permanente de conversión. Dame la gracia para que en esta oración tenga una fuerte experiencia espiritual de ti y me identifique más contigo.
Meditación:

La liturgia nos habla de san Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo. Fue el precursor, la “voz” que Dios envió para preparar la venida de su Hijo. De Jerusalén y de todas las partes de Judea la gente acudía para escuchar a Juan Bautista y para hacerse bautizar por él en el río, confesando sus pecados. De este modo, el Evangelio de hoy nos da pie para meditar en la necesidad de la penitencia, de la frecuente confesión y de la mortificación. El espíritu de conversión es algo concreto que se debe manifestar en nuestra forma de vivir, en las pequeñas modificaciones que podamos hacer cada día para abstenernos no sólo de lo malo, sino de pequeñas cosas, incluso buenas de las que nos podemos desprender, por amor. En realidad nuestros deberes diarios son el campo principal en el que nos podemos mortificar. El orden, la puntualidad en el trabajo, la concentración, la atención a los detalles, la perfección en el cumplimiento de nuestro deber... Igualmente el trato con los demás nos da innumerables oportunidades para crecer en mortificación, por ejemplo, dando el primer lugar a los otros, buscando comprender, perdonar, escuchar, servir, más que ponernos primero a nosotros mismos. Todas estas actitudes nos ayudarán a poner en práctica las enseñanzas de Juan Bautista, el más grande de los profetas.
Reflexión apostólica:

El cristiano es hombre de combate, sobre todo para revestirse de Cristo. Así debe ser el apóstol del Reino, una persona que se empeña por pensar, querer y sentir como Jesús.
Propósito:

Ponerme tres propósitos que me preparen para la Navidad. Los revisaré todos los días al comenzar el día para no olvidarlos y trabajar en ellos.
Diálogo con Cristo:

Jesús, en esta Navidad, quiero pedirte el mayor de los regalos, dame la gracia de la conversión definitiva de corazón por la que me entregue de por vida al cumplimiento de la misión para la cual me has creado.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Evangelio del I Domingo de Adviento


Evangelio: Mc 13,33-37

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomiendo a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va regresar el dueño de la casa: si al anochecer, al medio día, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo a todos: permanezcan alerta”.
Meditación

Recordemos junto con el texto de este día, aquel pasaje donde nos dice el Señor: “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada”. Esto no indica que Dios obra de modo indiscriminado. Tampoco significa que Dios no se fija en las personas. Para comprender el mensaje de la palabra de Dios debemos siempre ir más allá de la simple lectura y buscar una comprensión más profunda, tratando de descubrir qué nos quiere enseñar Dios con lo que se nos dice. Fijémonos ahora en Noé. La gente en su tiempo comía, bebía y se casaba. Pero como él agradaba a Dios fue advertido del diluvio y estuvo preparado cuando llegó. Como a Noé, Dios también quiere preparar nuestro corazón para su venida. Por eso debemos estar vigilantes, a la escucha del Espíritu Santo en nuestra alma. Pidámosle a Él que nos inspire siempre lo que debemos pensar, lo que debemos decir, lo que debemos callar, lo que debemos hacer, cómo debemos obrar para cumplir con su voluntad. No hay vida cristiana auténtica si no vivimos atentos y vigilantes a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas. Dejarse guiar por el Espíritu Santo, por su soplo divino, ha de ser un programa de vida para todo cristiano.
Reflexión apostólica:

El Espíritu Santo es el guía y el artífice de nuestra santificación y fecundidad apostólica. Imitemos el ejemplo que nos da Noé de docilidad a las indicaciones de Dios, de obediencia a las inspiraciones del Espíritu Santo. De esta manera estaremos preparados para recibirle en su venida, en este Adviento, en la Navidad y en el momento de nuestro encuentro definitivo con Dios en el cielo.
Propósito:

Estar atento a la voz del Espíritu Santo en mi interior y seguirla con fidelidad.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Evangelio Solemnidad de Cristo Rey


Evangelio: Mt 25,31-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos ver?’. Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron. Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’. Entonces ellos le responderán: ‘Señor ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificante, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.
Meditación

Jesucristo juzgará a todos los hombres, no según sus acciones excepcionales, sino según sus obras de misericordia. Desde siempre el hombre se ha inquietado por el final de los tiempos. Se ha cuestionado con incertidumbre lo que pasará al momento de morir. En este pasaje Jesús nos da una respuesta: se nos juzgará de acuerdo a cómo vivimos la caridad. Pero una caridad auténtica, de día a día, que está al pendiente de las carencias y del sufrimiento de los demás y que encuentra el rostro de Jesucristo en ellos. Por otra parte, en este pasaje nos podemos cuestionar: ¿Cómo vivimos de cara a los necesitados? ¿Cuántas veces hemos dejado de ayudar a aquellos que teníamos la oportunidad de hacerlo? ¿En qué desgastamos la propia vida? ¿Realmente la caridad y el servicio a los demás, por amor a Dios, son las metas en nuestra vida diaria? ¿Nos percatamos de que lo que está en juego es la vida eterna? Quizás las respuestas a estas preguntas nos lleven a replantear nuestro proyecto o plan de vida.


Reflexión apostólica:

Aprovechemos nuestra vida, hagamos buen uso de nuestro tiempo, trabajemos y luchemos para que Cristo sea conocido, amado y seguido por cada hombre. El cristiano está llamado a hacer que la fe y el amor a Cristo crezcan en muchos corazones, empezando por el suyo y el de su familia.
Propósito:

Hoy ayudaré a alguien en su necesidad.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Evangelio del XXXIII Domingo del tiempo ordinario

Evangelio: Mt 25,14-30
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un talento hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presetó otros cinco diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo reciviera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’”.
Meditación

A través de la parábola de los talentos, Mateo destaca la importancia de hacer fructificar los dones que cada persona recibe para el desarrollo del Reino de Dios, superando miedos, pereza o comodidad. Los dones que nos has dado, Señor, son para construir tu Reino, desde aquí y para la eternidad… ¿Por qué nos afanamos, entonces, en verlos como galardones merecidos? ¿Por qué son fuente de vanidad, cuando deberían serlo de compromiso y laboriosidad? Bien dicen que no hay rico tan rico que no tenga nada que recibir, y no hay pobre tan pobre que no tenga nada que dar. Todos debemos poner a trabajar los talentos que hemos recibido para “entrar en el gozo del Señor”. Todos debemos tener una participación activa en el Reino de Dios. Quizás el primer obstáculo se encuentra en el estado de inconciencia en que nos permitimos vivir, sin siquiera percatarnos de los talentos con que “fuimos equipados”. La falta de entusiasmo para descubrirlos y desarrollarlos es también un fuerte freno. A veces pareciera que la pereza en todas sus variantes fuese el dique que estorba el flujo de los dones que es urgente poner al servicio del prójimo, para su bien, el nuestro y el del Reino. Es así como la omisión nos convierte en el siervo inútil que, como se nos menciona hoy, es destinado al “llanto y al rechinar de dientes”.
Reflexión apostólica:

Vivimos en tiempos en los que no podemos dejar enterrados los talentos que Dios nos ha dado, son tiempos para hacerlos fructificar, acrecentarlos y desarrollarlos, poniéndolos al servicio de la misión. Las necesidades de la Iglesia son tantas que, ¿cómo no entregarnos totalmente? Vivamos hoy con el corazón apasionado por extender el Reino de Cristo.
Propósito:

Haré un “inventario” de mis talentos, y los pondré a producir hoy mismo.